Martes, mayo 25th, 2010
A principios de la década de 1970 se desarrolló el sistema operativo UNIX, predecesor del hoy conocido Linux. Desde un primer momento se hizo necesario dotarlo de una representación del tiempo, para lo cual se optó por un método de enorme sencillez: se usaría una doble palabra para almacenar sesentavos de segundo transcurridos desde el 1 de enero de 1971. Así se recoge en las especificaciones elaboradas ese mismo año, junto al defecto que de inmediato trae asociado, ya que el sistema inicial no podría tener una validez superior a dos años y medio; esto es, no podría servir más allá de mediados de 1973. Tal falta de previsión se comprende si se tiene en cuenta que el desarrollo de UNIX fue llevado a cabo de modo experimental por dos ingenieros de AT&T como alternativa capaz de ejecutarse en un barato PDP-7 al excesivamente ambicioso para la época MULTICS. En sucesivas revisiones se adelantó su inicio a la media noche del 1 de enero de 1970, y se cambió la cuenta por segundos, lo que da un margen de 130 años, la mitad si se considera que dicho valor tiene signo. Esto retrasaría el problema de rebasamiento al menos hasta el 19 de enero de 2038, aunque ya algunos sistemas están utilizando 64 bits para su representación, lo que permitiría abarcar casi 600 miles de millones de años. Debería ser suficiente para cualquier aplicación informática.
La sencillez de la definición del tiempo Unix no esconde varios problemas asociados a su uso. El más evidente, la falta de referencia inicial a un huso horario, se resolvió acomodándose al Tiempo Universal Coordinado o UTC. Pero a efectos de establecer la relación se ha decidido ignorar, por viabilidad de las librerías, los segundos intercalares. Esto fuerza discontinuidades y retrocesos en la cuenta de tiempo. En cualquier caso, la ventaja principal del tiempo Unix, también llamado tiempo Posix (nombre asignado a los estándares asociados) sigue radicando en su simplicidad, lo que hace que muchos otros sistemas lo hayan adoptado para su uso.
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Domingo, agosto 2nd, 2009
Un economista en Washington me muestra una guía para turistas americanos en Europa que había pertenecido a su abuela. En los años veinte del siglo XX, las instrucciones decían así: al pasar la frontera de Portugal a España, usted deberá cambiar escudos por pesetas y adelantar su reloj veintiún minutos… Al cruzar a Francia, deberá cambiar pesetas por francos franceses y adelantar su reloj veintitrés minutos… Al llegar a la frontera con Italia, deberá cambiar la moneda por liras y adelantar su reloj treinta y ocho minutos, etcétera. La variedad de los cambios horarios de antaño se debía a que cada Estado había adoptado como oficial la hora solar de la capital y las distancias entre Lisboa, Madrid, París, Roma, etcétera, por supuesto no son uniformes.
Extraído del artículo La hora del euro, publicado en El País el 3 de diciembre de 2001. Se refiere a la época en la que cada zona (cada ciudad de hecho) se regía por su propio calendario solar. En el caso de España se implantó como hora común para todo el territorio la del meridiano de Greenwich el 1 de enero de 1901.
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Martes, agosto 9th, 2005
Nuevamente de El tiempo en la historia, de G.J. Whitrow:
En un principio el calendario romano empezaba en primavera, el 1 de marzo (como reflejan los nombres de los meses septiembre y diciembre), pero en el año 153, los cónsules, elegidos por un año, empezaron a ser nombrados el 1 de enero. A partir de entonces los romanos consideraron que el año empezaba ese día. Más tarde la Iglesia la consideró una elección pagana, debido a las festividades que tradicionalmente se asocian a ella. No ha variado mucho hasta hoy: los romanos la celebraban con comidas entre amigos en las que se regalaban ramos de laurel o de olivo procedentes del bosque sagrado de Strenia, diosa de la salud. A estos presentes, que con el tiempo se sustituyeron por miel con dátiles e higos, se les denominaba strenae, de donde deriva el verbo estrenar. En su lugar, la Iglesia prefirió emplear la Anunciación como primer día del año y eso hizo que se adoptase el 25 de marzo, nueve meses antes de Navidad, aunque esta elección no era ni mucho menos universal. (Como regla, los astrónomos mantuvieron el 1 de enero como principio de año. En general, la historia del año civil es complicada. Por ejemplo, en Venecia el año empezó el 1 de marzo hasta la caída e la república en 1797. En Milán fue en la fecha de Navidad hasta el mismo año, y en Florencia continuaron con el 25 de marzo hasta 1749.) A partir del año 312 el emperador Constantino introdujo “ciclos de indicción”, de quince años, con fines fiscales y ordenó que el año bizantino fuera calculado desde el 1 de septiembre, fecha en la que se iniciaba cada año de un ciclo de indicción. Fueron populares en Occidente durante la Edad Media e incluso el Tribunal Supremo del Sacro Imperio Romano continuó empleándolos hasta que Napoleón lo abolió en 1806.
A continuación intento estructurar y agregar algunas notas al pasaje:
- Se denomina en algunos textos annus circuncisionis al que se consideraba iniciado el 1 de enero (celebración de la circuncisión de Jesús). Realmente no se extiende hasta finales de la Edad Media, y en muchos lugares más tardíamente. En España se adoptó en el siglo XVI, y se confirmó en 1691.
- El año principiado el 1 de marzo posterior a nuestro 1 de enero se suele llamar Véneto. Se usó hasta muy tardíamente en Francia y Venecia.
- El inicio también comentado del día 25 se corresponde con annus Incarnationis, en el que se distinguiría el calculus Pisanus si se inicia antes de nuestro comienzo de año o calculus Florentinus si después. El primero se usó en Pisa y brevemente por la Cancillería Pontificia; el segundo se utilizó en Inglaterra, Francia, España (sobre todo Aragón), Toscana, Florencia, Siena y también la Cancillería Pontificia.
- La Corona de Aragón inició el año a partir de 1349 en Navidad. Esta fecha estaba también muy extendida, y se confundía a veces con la del 1 de enero.
- Por último, en Grecia, el sur de Italia y algunas zonas más se empleó el calendario bizantino, que comenzaba el 1 de septiembre antes de nuestro 1 de enero.
Así las cosas, no extraña el ejemplo de viaje que R. L. Poole propone en Medieval Reckonings of time, en el que agudiza aun más la confusión el difícil acuerdo sobre el año de nacimiento de Cristo:
Si imaginamos que un viajero parte de Venecia el 1 de marzo de 1245, el primer día del año veneciano, se encontraría en 1244 cuando llegase a Florencia; y si después de una corta estancia fuera a Pisa, allí el año 1246 ya habría empezado. Continuando su viaje en dirección oeste se encontraría de nuevo en 1245 cuando entrase en Provenza y si llegase a Francia antes de la Pascua (el 16 de abril) estaría una vez más en 1244.
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