Archivo de la categoría ‘Calendarios solares’

El calendario de Tolkien

Martes, mayo 10th, 2011

Uno de los muchos detalles que no descuidó la prolífica fantasía de Tolkien a la hora de crear su universo mitológico fue la visión del tiempo por parte de sus distintas razas. La Tierra Media tenía cabida para enanos, orcos, árboles andantes… humanos también, por supuesto. Descubrimos al leer su obra perspectivas de la historia muy dispares: el carpe diem de los hobbits, en los elfos una pesada consciencia escatológica, de final de una época, o cierta percepción en el caso de los magos que avanza un paso hacia el tiempo absoluto. El escritor jalona los hechos de acuerdo a una larga cronología, distribuyéndolos en varias edades que no comentaré aquí. Y para acentuar el carácter de cada pueblo, los dota también de calendarios propios. Por supuesto, estos son en sí un elemento muy secundario en su obra, pero eso no significa que descuidado, por lo que supone de elemento cultural, aunque sea ficticio. El autor recoge el material que usó en el Apéndice D al Señor de los Anillos, separándolo en dos partes. La primera es un “Calendario de la Comarca para todos los años”, a mi modo de ver casi una propuesta de reforma del nuestro; en la segunda, para completar o compensar quizás lo que pudiera aparentar de artificial, desarrolla la evolución histórica que en su mundo inventado lo habría llevado a los hobbits. Se trata de una creación que describe un proceso de creación.
El calendario de la Comarca es marcadamente solar, con meses de 30 días exactos y semanas de siete. Tolkien podría haberse tomado la libertad de elegir una duración arbitraria para los periodos temporales, en particular el difícil año de 365 días y casi un cuarto que conocemos. Pero en lugar de ello ciñe su mundo en este sentido al nuestro, e intenta simplificar las complejidades del calendario concibiendo uno más estructurado y claro. La idea no es original suya. Desde finales del XVIII han sido muchos los que han querido mejorarlo, tales como Comte o Cotsworth. De hecho, el escritor debía de conocer por fuerza la propuesta del último que la Liga de las Naciones llegó a considerar. Se podría decir que Tolkien toma ideas de varios, como los meses de 30 días cabales de la Revolución Francesa o los antiguos egipcios, e intenta aprender de los errores de otros, y tengo en mente precisamente los intentos soviéticos de eliminar la semana de siete días. Y la propuesta que presenta es asumible: incorpora incluso el equivalente de la reforma gregoriana (lo que llamará el Cómputo de los Senescales). Para ajustar la duración del año y evitar el desplazamiento de la semana recurre a la misma solución: sacar cinco días (seis los bisiestos) de la cuenta de los meses y uno del de la semana.
Como he dicho, este almanaque debió parecerle a Tolkien demasiado frío, y como remedio le pergeña en las diez siguientes páginas un complejo proceso histórico. Mezcla suposiciones en las épocas más arcanas con datos precisos en las recientes, le incorpora influencias de distintas culturas, reestructuraciones, errores y correcciones subsiguientes, influjos etimológicos de sus lenguas artificiales, variantes, anécdotas, acontecimientos… Todo aquello que acompaña, como acto cultural, a cualquier calendario.

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El calendario revolucionario soviético

Jueves, octubre 7th, 2010

En la antigua Unión Soviética, y bajo el gobierno de Stalin, hubo varios intentos de reestructurar el calendario de acuerdo a criterios más racionalistas. Bajo el punto de mira de esta reforma estaba la semana, demasiado larga, con excesivas connotaciones religiosas y no divisora de los 365 días del año. Así que se buscó sustituirla por -realmente compaginarla con- un periodo más breve, y de paso aprovechar el cambio para incrementar la productividad en los distintos sectores económicos. Como la nueva semana se agrupaba de facto en grupos de 30 días y en 1930 una comisión gubernamental propuso amoldar la duración el mes a dicha duración, idea que fue rechazada, se ha dado lugar a un error bastante frecuente en la literatura que trata el tema por el cual se dice que la reforma del calendario también afectó a la longitud mensual. Tal hecho es falso, sin embargo: durante los años en que se ensayaron las reformas no se dejó de emplear el calendario gregoriano, y son raros incluso los almanaques que distribuyen el año en semanas de menos de siete días, marcando la mayoría simplemente los festivos de otro color.
La idea no era nueva (Francia ensayó una semana de diez días, por ejemplo) y las repúblicas soviéticas ya habían sufrido tras la revolución el paso del sistema juliano al gregoriano. De modo que bastaron poco más de tres meses desde que Yuri Larin propusiera la idea para que, el 1 de octubre de 1929, se iniciase la semana laboral continua de cinco días. Se dividió a la población en cinco grupos, cada uno representado con un color distinto que tenía asociado un día diferente de descanso. De este modo no se detenía la producción y se pensó que se satisfaría más al trabajador por el hecho de que librase una jornada cada cinco en lugar de cada siete. Sin embargo, el efecto fue desastroso a nivel social, pues muchas familias no tenían un día común de descanso. En la industria se hicieron más frecuentes las averías de equipos debidas al mal uso por el personal rotatorio no familiarizado y la eliminación del mantenimiento durante los días de parada. El resultado es que no se logró el esperado aumento de la producción.
Eso llevo a una segunda modificación, consistente básicamente en establecer periodos de seis días: cinco laborables y uno de asueto, común a todos los trabajadores. La medida se concibió como una solución temporal en tanto se pudiesen solventar los problemas derivados de la primera reforma, a la que muchas fábricas no habían sabido adaptarse. Sin embargo, casi toda la industria se pasó masivamente a este sistema durante el verano de 1931. Hay que hacer una puntualización respecto a lo dicho sobre su estructura: los días 1 de cada mes se reiniciabla el ciclo laboral de seis días. Es decir, el 6, 12, 24 y 30 de cada mes eran festivos. Pero si el mes tenía 31, éste último se trabajaba, además de los cinco siguientes. Y a finales de febrero se llegaban a enlazar nueve o diez días consecutivos laborables. Así, en algunos ámbitos se optó por seguir variantes de esta reforma.
Finalmente, después de una década de ensayos que no sirvieron para incrementar la productividad, el 27 de junio de 1940 se retornó a la semana de siete días con descanso en domingo, acompasando dicho periodo con el resto de europa.

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El calendario positivista

Sábado, marzo 6th, 2010

En 1834 el sacerdote y matemático Marco Mastrofini propuso una reforma del calendario gregoriano que inspiraría otras varias, ninguna de las cuales ha sido adoptada oficialmente por una nación, pero sí debatidas por su interesante concepción e incluso usadas en ciertos ámbitos. Puesto que los días del año no son divisibles por siete, la semana se ve desplazada continuamente en el almanaque. La idea de Marco Mastrofini era sacar el día sobrante (o dos días, en los bisiestos) del ciclo hebdomadario. Esto da lugar a una especie de calendario perpetuo en el que fechas idénticas del año corresponden siempre al mismo día de la semana.
Quince años más tarde el filósofo August Comte recogería el guante y sugeriría otro modelo más refinado basado en este principio. Según éste, cuatro semanas compondrían un mes, que habría de tener siempre 28 días, por tanto; y trece meses más un día festivo adicional (dos los bisiestos) harían el año. Con ello el filósofo quería avanzar en la dirección del positivismo sin causar alteraciones en la sociedad tan drásticas como el calendario de la Revolución Francesa, que entre otras cosas quiso fallidamente abolir la semana de siete días. Así, al denominar los meses, decidió usar figuras influyentes en la ciencia, pero también en la historia, la literatura o la religión. El año comenzaría con Moisés, e iría seguido de Homero, Aristóteles, Arquímedes, Julio César, San Pablo… Los días y las semanas también se consagran a personajes de renombre históricos o ficticios: Prometeo, Buda, Praxíteles, Cervantes, Beethoven, Volta… Para facilitar la transición, se iniciaría con el 1 de enero del calendario gregoriano. Ahora bien, la cuenta del año daría comienzo en 1789.
A pesar de la intención de Comte de no ofrecer un calendario definitivo, sino un primer avance provisional para “preparar a Occidente para el culto abstracto”, o quizás en parte por causa de ello, y por razones que al lector no le costará comprender, la aceptación que obtuvo con él fue nula. No obstante, y como se ha apuntado, influiría en la concepción de propuestas posteriores de reforma, ya en el siglo XX.

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