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  • 04Sep

    En el año 1900, entre los restos de un naufragio junto a la isla de Anticitera, se descubrió el más complejo mecanismo que conservamos de la antigüedad. Se considera que fue construido en torno a la segunda mitad del siglo segundo antes de Cristo, y actualmente se guarda en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Se trata de un mecanismo del que se conservan 30 engranajes, pero algunos especialistas suponen que debió de contener más del doble, que permitía realizar varios cálculos astronómicos, entre ellos la posición del Sol, de la Luna, su fase, quizás la situación de planetas, aparición de estrellas sobre el horizonte y las fechas de los juegos olímpicos.

    El mecanismo de Anticitera estaba construido en bronce y guardado en una caja de madera de aproximadamente 30×20x10 cm (sería posiblemente un dispositivo portátil) cuyas puertas frontal y trasera podían abrirse y contenían inscripciones a modo de manual de uso. En su parte delantera poseía dos diales concéntricos: el interno para representar el zodiaco con sus 360 divisiones y el externo un calendario solar con 365 días que incluía los nombres de los meses egipcios y los días epagómenos. La corrección del día extra cada cuatro años se efectuaba desplazando las ruedas una respecto de otra y bloqueándolas de nuevo, para lo que disponían de unos agujeros. También en esta parte frontal se indicaban las posiciones del Sol y la Luna sobre el cielo por medio de dos punteros. La palabra Venus entre las inscripciones apunta a que podría mostrar posiciones de planetas, aunque de esta parte sólo ha sobrevivido un engranaje. En la trasera el mecanismo disponía de dos espirales, cada una de ellas con un dial principal que la recorría y otro subsidiario. El indicador superior se usaba para determinar el ciclo metónico, y la rueda subsidiaria para el calíptico, cuatro veces mayor; el inferior representaba el ciclo de Saros, que predice los eclipses, junto con el de Exeligmos, el triple de largo.

    Los engranajes que determinaban el movimiento de la Luna hacían que ésta cambiase de velocidad, aproximando en buena medida su trayectoria real. Este comportamiento simulaba la entonces reciente teoría de Hiparcos. El experto Michael Wright opina que las fases del satélite se mostraban gracias a un mecanismo diferencial, elemento que no volvemos a ver en Europa hasta la Edad Moderna. Respecto a la posición de planetas, no hay pruebas concluyentes de que pudiese calcularse, pero se han creado reconstrucciones que los incorporaban con sistemas de engranajes similares y según los cálculos de Apolonio de Perga.

    La función del mecanismo de Anticitera sigue siendo discutida. Su complejidad sobrepasa las necesidades de la navegación y hay que apuntar a usos relacionados con cálculos de calendario, como determinación de festividades, fechas de Juegos Olímpicos (que se celebraban durante la luna llena previa al solsticio de verano cada cuatro años), eclipses, previsiones astrológicas, etc.

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  • 28Dic

    A pesar de que se debe a los astrónomos el diseño de prácticamente cualquier calendario usado actualmente o en la antigüedad, ninguno de ellos ha satisfecho sus necesidades. No nos referimos a las incorrecciones que con sucesivas mejoras se han ido subsanando, sino a otra cuestión: cuando más ligadas han estado sus divisiones a los ciclos del sol y la luna, y han sido por tanto de mayor utilidad para predecir sus movimientos, más difícil han sido de manejar para realizar cálculos. Por ejemplo, el calendario civil egipcio, con su año de exactamente 365 días, permitía fácilmente calcular cuántos días habían transcurrido entre dos fechas cualesquiera. La introducción de días bisiestos complica algo más la tarea, ya que exige contabilizar los veintinueves de febrero intermedios. Y la reforma del papa Gregorio añade un elemento de complejidad adicional. A lo que hay que sumar un sinfín de detalles más: los saltos con cada cambio de calendario, los desacuerdos (países o regiones con distinto calendario, o distinta fecha de inicio del año), la no existencia de año cero, las divisiones no decimales (el día tiene 24 horas, cada hora 60 minutos…), el cambio de hora -e incluso de fecha- según la longitud terrestre, los segundos adicionales que se agregan al final de algunos años, el cambio de hora en verano en algunos países de Europa, etcétera. Todo esto produciría importantes quebraderos de cabeza a los astrónomos modernos de no ser porque hace mucho decidieron crear un sistema propio lo más simple y exento de incoherencias posible.

    El inventor fue Joseph Justus Scaliger. En 1583, recién estrenado el calendario gregoriano, este autor francés convertido al protestantismo publicó su Opus de Emendatione Tempore, en la que exponía un sistema sumamente simple para datar acontecimientos: contar los días a partir de una fecha. La elección de ésta es una cuestión que hoy carece de interés, pero en en sus cálculos buscó la coincidencia del ciclo lunar o metónico, el solar y el periodo de recaudación de impuestos en la antigua Roma. Esto le dio como fecha de inicio de su cuenta el lunes 24 de enero del año 4183 antes de Cristo según el calendario juliano (24 de noviembre en el gregoriano). Los días se referirían a dicho momento. Así, diríamos que el 1 de enero de 2000 acaeció el 2451544. Scaliger decidió llamar día juliano a tal datación en honor a su padre, Julius Cesar -el nombre no tiene por tanto nada que ver con el calendario juliano-. La cuenta comienza por cero y a mediodía (de Greenwich). Posteriormente se introdujeron periodos menores como divisiones decimales del día. Por tanto, para ser precisos deberíamos haber dicho que el uno de enero de 2000 fue el día juliano 2451544,5. Obvia decir lo útil que un sistema semejante ha resultado para la astronomía desde la época de su invención hasta la actualidad, en la que el instrumental y los registros están controlados por computadoras. Como curiosidad, los ciclos que Scaliger utilizó se repiten cada 7890 años, lo que denominó año juliano.

    A partir del día juliano se pueden calcular fácilmente dos fechas más relacionadas con él: el día juliano modificado, que pretende hacer menos engorroso su uso, y que son las cinco cifras menos significativas; y el día lidiano, número de días transcurrido desde la entrada en vigor del calendario gregoriano, el 14 de octubre de 1582. El nombre del último deriva de Luigi Lilio Ghiraldi, como reconocimiento a su aportación a dicho sistema. Existen numerosas aplicaciones para calcular el día juliano disponibles en la red a partir de nuestra fecha. De hecho, la mejor forma de traducir una fecha de un calendario a otro es emplear como intermediario el día juliano.

  • 27Nov

    Las primeras pruebas documentales del uso del calendario chino le aseguran 34 siglos de historia, y esto haría de él el más antiguo de los registros cronológicos actuales, pero legendariamente se considera inventado en el 2637 a.C. por el primer emperador, Huangdi. En este sistema los meses se inician con la luna nueva, y el año se ajusta al ciclo solar de modo no tan preciso: da comeinzo con la segunda lunación posterior al solsticio de invierno. El efecto, como en otros calendarios lunisolares, es que sus periodos básicos no tienen un número fijo de días, y esto los llevó desde muy temprano a buscar fracciones mayores que permitiesen elaborar predicciones, como el ciclo metónico, de 19 años, o el calípico, de 76. Hay que mencionar que el uso del yin-yang li ha quedado restringido, desde que en 1912 se adoptase el calendario gregoriano, a la determinación de las festividades, como la conocida celebración del Año Nuevo. En realidad el sistema europeo, que introdujeron los misioneros jesuítas en 1582, estaba bastante extendido, como también lo estuvieron el hindú durante la dinastía T’ang (siglos VII a IX) y el musulmán durante la Yüan (XIII y parte del XIV). Por otro lado, respecto al calendario chino se puede prácticamente decir que cada dinastía tuvo un calendario particular. Hay que entender que su elaboración era compleja, y dependía de los astrónomos de palacio. Se promulgaba con cada monarca como un documento sagrado con carácter legal que contenía buen número de predicciones -como duraciones de los ciclos, eclipses, etc.; también vaticinios astrológicos- que afianzaban la creencia en un vínculo entre los astros y la corte imperial. La renovación al cambiar cada emperador (a veces incluso en medio de un reinado) se había de entender como un intento de reestablecer esta conexión entre Cielo y Tierra.
    Un elemento más de complejidad en este calendario lo introduce la denominación de los meses pues si bien, como se ha dicho, su duración la fija de modo absoluto el ciclo lunar, los nombres les vienen asignados según la división del año solar. Para esto se fracciona la bóveda celeste en doce partes de 30 grados, equivalentes a nuestras divisiones zodiacales, cuya línea media es el centro. Un mes recibirá el nombre de una de estas divisiones si el sol pasa por su centro durante su transcurso. Pero puede darse el caso de que no pase por ninguna, en cuyo caso se denomina bisinódico y se llama de igual forma que el precedente.
    Cada periodo de 60 años, por otra parte, se considera una era, aunque se tiene en consideración un ciclo mayor de 180 años. Dentro de ella, el nombre que cada año recibe se obtiene sumando dos componentes: el tronco celeste (hay diez) y la rama terrestre (doce, con los nombres de animales de las constelaciones chinas). Se avanza simultáneamente en el tronco y en la rama, dando lugar al mencionado ciclo de 60 años. Estos componentes tienen asociados valores según la teoría de los cinco elementos y las seis energías, relacionada también con la medicina tradicional, que servían para pronosticar la climatología o las enfermedades más frecuentes.

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