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Dicen los irlandeses que cuando Dios hizo el tiempo, hizo de sobra (“When God made time, he made plenty of it“). Tan falsa idea quizás sí pueda aplicarse a los filósofos, científicos, escritores que han pretendido comprenderlo. Las horas que dedicaron a tal concepto Heráclito -por sacar unos nombres del cesto-, Parménides, Aristóteles, San Agustín, Kant, Heidegger, Leibniz, Mach, Einstein, Poincaré, Shakespeare, Borges, nos permiten aseverar sin lugar a duda alguna una única afirmación diáfana: tenían muy poco que hacer. Lo que el sabio lenguaje denomina poder perder el tiempo. Se podría de todos modos argüir que tales reflexiones son tan inútiles como cualquier otra actividad humana. Son muchos los que, como ellos, han caído en la ufanía de pretender desentrañar su sentido: el tiempo es inasible e inquietante, captura a sus víctimas como las sirenas y las lleva a la perdición. Aunque, tras reexaminar la docena de ejemplo, quizás en cierto sentido los tentados ya estaban algo malogrados.

Permitámonos un inciso de seriedad. El tiempo es marco de cuanto hacemos, recordamos, proyectamos. Por ello (por su carácter de necesario, de ineludible, de condenatorio) sorprende que hasta muy recientemente anotar la fecha de un acontecimiento haya sido una tarea tan compleja. No nos referimos ya al uso de un calendario universal (aunque en la práctica se ha impuesto el gregoriano, hay hoy vigentes del orden de 40); hablamos de las dificultades en la Europa moderna de determinar la fecha , el año en que vivíamos, incluso el inicio de la Pascua. Los navegantes del siglo XVIII debían de soportar con poco agrado que las imprecisiones de los relojes les llevase a errar decenas de kilómetros al determinar la longitud en que se situaban. Y debemos pensar que estos instrumentos hoy imprescindibles en nuestras vidas no han regido hasta hace relativamente poco nuestros comportamientos sociales: antes de la Primera Guerra Mundial encontraríamos, por ejemplo, muy pocas personas que dispusiesen de algo parecido a un reloj de pulsera.

Han sido necesarios miles de años de estudios astronómicos y varias reformas que cada país ha ido aplicando a su gusto con objeto de alcanzar cierta uniformidad para que hayamos podido al fin adoptar -casi- todos el calendario más estrambótico que se haya imaginado. Nuestro año se divide en meses de días variables (febrero es un caso patológico) que los niños trabajosemente deben aprender. Nuestro sistema de numeración es decimal, pero tenemos relojes de doce horas; si bien el día tiene 24, que fraccionamos en divisiones de 60 para incomprensiblemente mantener la misma aritmética que hace más de tres milenios empleaban los babilónicos. Las once de la noche en Madrid son las seis de la tarde en Nueva York, o las tres en San Francisco. Eso en invierno, en verano la capital de España iría un día por delante, y ese cambio de día se efectúa al pasar de las once a las doce post meridian, pero todavía tenemos que esperar sesenta minutos para reiniciar la cuenta de la hora. Con tal desbarajuste no asombra que la mayoría de los ciudadanos desconozca que el siguiente cambio de siglo verá siete años no bisiestos seguidos o que nuestro tiempo civil estipula a veces minutos de 61 segundos.

Este espacio no pretende poner orden a tal pandemonium, ni estructurar la enorme pero diseminada información existente sobre la medida del tiempo, ni mucho menos sumirse en reflexiones sobre su naturaleza como las referidas al comienzo. Son unas páginas donde ir abandonando curiosidades y fascinaciones personales. Es bastante posible que lleguen a estas líneas quienes puedan corregir o matizar algunas de las entradas, y en tan caso humildemente agradezco que así lo hagan. También, en la medida que pueda, intentaré -aunque estas palabras suenen a los siempre olvidados propósitos de Año Nuevo- responder a quien tenga alguna duda o inquietud al respecto.

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