Un día más con vida

Yo me encontraba en una situación un tanto embarazosa porque no sabía a dónde nos dirigíamos y no era cosa de reconocerlo. Diógenes podría pensar: ¿cómo es que no lo sabe? Entonces, ¿para qué está aquí?, ¿adónde cree que va? ¿Ha llegado hasta aquí y no sabe adónde vamos? Y, sin embargo, era cierto: yo no lo sabía. Por casualidad había dado con un avión en Benguela que me había traído a Lubango. Un mulato a quien había encontrado por casualidad en el aeropuerto de Lubango me había llevado al estado mayor. Un extraño del que no sabía más que su nombre, Nelson, y a quien había visto por primera vez en mi vida, me había metido en un camión. Y ese camión había arrancado enseguida y ahora rodaba pesadamente entre dos paredes de espinosa maleza selvática, hacia un destino que me era desconocido. Todo había sucedido tan repentina y -en cierto modo- categóricamente que no tuve tiempo de reflexionar ni de oponerme.
Íbamos de esta manera: a la izquierda, el flaco intranquilo, aferrado al volante; yo en medio, y Diógenes a la derecha, alerta y con una metralleta asomando por la ventanilla, lista para disparar. El sol estaba en el cenit, la cabina ardía como un horno alto y apestaba a petróleo y sudor. En un determinado momento, Diógenes, que no quitaba los ojos del muro de maleza que se extendía a su lado, espetó:
—No sé si el camarada sabe adónde vamos.
Respondí que no lo sabía.
—Tampoco sé -prosiguió Diógenes sin mirarme- si el camarada sabe lo que significa recorrer el camino que estamos recorriendo ahora.
Volví a responder que no lo sabía.
Diógenes guardó silencio durante un rato, porque subíamos una cuesta y el motor hacía un ruido ensordecedor. Luego dijo:
—Camarada, este camino lleva a Sudáfrica. La frontera está a cuatrocientos cincuenta kilómetros. A cuarenta kilómetros de la frontera hay una pequeña ciudad que se llama Pereira de Eça. Pero el territorio está en manos del enemigo, que se agazapa aquí por todas partes. Al destacamento de Pereira de Eça no ha llegado en el último mes ninguno de nuestros convoyes. Todos los vehículos han caído en emboscadas. Y ahora somos nosotros quienes intentamos alcanzar el destino. Tenemos por delante cuatrocientos kilómetros de camino y en cada metro podemos caer en una emboscada. ¿Ahora lo comprende, camarada?

Ryszard Kapuściński. Traducción de Agata Orzeszek.

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