El Hechizado

Domingo, 30 de mayo de 2010

«Su Majestad -nos dice- estaba sentado en un grandísimo sillón, sobre un estrado, y apoyaba los pies en un cojín de seda color tabaco, puesto encima de un escabel. A su lado, reposaba un perrillo blanco.» Describe -y es asombroso que en tan breve espacio pudiera apercibirse así de todo, y guardarlo en el recuerdo- desde sus piernas flacas y colgantes hasta el lacio, descolorido cabello. Nos informa de cómo el encaje de Manilas que adornaba su pecho estaba humedecido por las babas infatigables que fluían de sus labios; nos hace saber que eran de plata las hebillas de sus zapatos, que su ropa era terciopelo negro. «El rico hábito de que Su Majestad estaba vestido -escribe González- despedía un fuerte olor a orines; luego he sabido la incontinencia que le aquejaba.» Con igual simplicidad imperturbable sigue puntualizando a lo largo de tres folios todos los detalles que retuvo su increíble memoria acerca de la cámara, y del modo como estaba alhajada. Respecto de la visita misma, que debiera haber sido, precisamente, lo memorable para él, solo consigna estas palabras, con las que, por cierto, pone término a su dilatado manuscrito: «Viendo en la puerta a un desconocido, se sobresaltó el canecillo, y Su Majestad pareció inquietarse. Pero al divisar luego la cabeza de su Enana, que se me adelantaba y me precedía, recuperó su actitud de sosiego. Doña Antoñita se le acercó al oído, y le habló algunas palabras. Su Majestad quiso mostrarme benevolencia y me dio a besar la mano; pero antes de que alcanzara a tomársela saltó a ella un curioso monito que alrededor andaba jugando, y distrajo su Real atención en demanda de caricias. Entonces entendí yo la oportunidad, y me retiré en respetuoso silencio.»

Francisco Ayala.

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Un día más con vida

Jueves, 20 de mayo de 2010

Yo me encontraba en una situación un tanto embarazosa porque no sabía a dónde nos dirigíamos y no era cosa de reconocerlo. Diógenes podría pensar: ¿cómo es que no lo sabe? Entonces, ¿para qué está aquí?, ¿adónde cree que va? ¿Ha llegado hasta aquí y no sabe adónde vamos? Y, sin embargo, era cierto: yo no lo sabía. Por casualidad había dado con un avión en Benguela que me había traído a Lubango. Un mulato a quien había encontrado por casualidad en el aeropuerto de Lubango me había llevado al estado mayor. Un extraño del que no sabía más que su nombre, Nelson, y a quien había visto por primera vez en mi vida, me había metido en un camión. Y ese camión había arrancado enseguida y ahora rodaba pesadamente entre dos paredes de espinosa maleza selvática, hacia un destino que me era desconocido. Todo había sucedido tan repentina y -en cierto modo- categóricamente que no tuve tiempo de reflexionar ni de oponerme.
Íbamos de esta manera: a la izquierda, el flaco intranquilo, aferrado al volante; yo en medio, y Diógenes a la derecha, alerta y con una metralleta asomando por la ventanilla, lista para disparar. El sol estaba en el cenit, la cabina ardía como un horno alto y apestaba a petróleo y sudor. En un determinado momento, Diógenes, que no quitaba los ojos del muro de maleza que se extendía a su lado, espetó:
—No sé si el camarada sabe adónde vamos.
Respondí que no lo sabía.
—Tampoco sé -prosiguió Diógenes sin mirarme- si el camarada sabe lo que significa recorrer el camino que estamos recorriendo ahora.
Volví a responder que no lo sabía.
Diógenes guardó silencio durante un rato, porque subíamos una cuesta y el motor hacía un ruido ensordecedor. Luego dijo:
—Camarada, este camino lleva a Sudáfrica. La frontera está a cuatrocientos cincuenta kilómetros. A cuarenta kilómetros de la frontera hay una pequeña ciudad que se llama Pereira de Eça. Pero el territorio está en manos del enemigo, que se agazapa aquí por todas partes. Al destacamento de Pereira de Eça no ha llegado en el último mes ninguno de nuestros convoyes. Todos los vehículos han caído en emboscadas. Y ahora somos nosotros quienes intentamos alcanzar el destino. Tenemos por delante cuatrocientos kilómetros de camino y en cada metro podemos caer en una emboscada. ¿Ahora lo comprende, camarada?

Ryszard Kapuściński. Traducción de Agata Orzeszek.

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Los dragones de la probabilidad

Lunes, 10 de mayo de 2010

Trurl y Clapaucio eran alumnos del gran Cerebrón Emtadrata, quien durante 47 años había enseñado en la Escuela Superior de Neántica la Teoría General de Dragones. Como sabemos los dragones no existen. Esta constatación simplista es, tal vez, suficiente para una mentalidad primaria, pero no lo es para la ciencia. La Escuela Superior de Neántica no se ocupa de lo que existe; la banalidad de la existencia ha sido probada durante demasiados años para que valiera la pena dedicarle una palabra más. Así pues, el genial Cerebrón atacó el problema con métodos exactos descubriendo tres clases de dragones:los iguales a cero, los imaginarios y los negativos. Todos ellos, como antes dijimos, no existen, pero cada clase lo hace de manera completamente distinta. Los dragones imaginarios y los iguales a cero, a los que los profesionales llaman imaginontes y ceracos, no existen, pero de modo mucho menos interesantes que los negativos. Desde hace mucho tiempo se conoce en la dragonología una paradoja, consistente en el hecho de que, si se herboriza a dos negativos (operación correspondiente en el álgebra de dragones a la multiplicación en aritmética corriente), se obtiene como resultado un infradragón en la cantidad 0,6 aproximadamente. A raíz de este fenómeno, el mundillo de los especialistas se dividía en dos campos, de los cuales uno sostenía que se trataba de la parte de dragón contando desde la cabeza, y el segundo afirmaba que había que contar desde la cola. Trurl y Clapaucio tuvieron el gran mérito de esclarecer lo erróneo de ambas teorías. Fueron ellos quienes aplicaron por primera vez el cálculo de probabilidades en esta rama de la ciencia, creando, gracias a ello, la dragonología probabilística. Esta última demostró que el dragón era termodinámicamente imposible sólo en el sentido estadístico, al igual que los elfos, duendes, hadas, gnomos, etc. Los dos científicos calcularon en base a la fórmula general de la improbabilidad los coeficientes del duendismo, de la elfiación, etc. La misma fórmula demuestra que para presenciar la manifestación espontánea de un dragón, habría que esperar dieciséis quintocuatrillones de heptillones de años más o menos. No cabe duda de que el problema hubiera quedado como un simple curiosum matemático, si no fuera por la conocida pasión constructora de Trurl, quien decidió investigar la cuestión empíricamente. Y puesto que se trataba de fenómenos improbables, inventó un amplificador de la probabilidad y lo comprobó, primero en el sótano de su casa, luego en un Polígono Dragonífero especial, Dragoligón, costeado por la Academia.
Las personas no iniciadas en la teoría general de la improbabilidad preguntan hasta hoy día por qué, de hecho, Trurl probabilizó al dragón y no al elfo o al gnomo. Lo hacen por ignorancia, ya que no saben que el dragón es, sencillamente, más probable que el gnomo. Es posible que Trurl haya querido avanzar más en sus experimentos con el amplificador, pero ya en el primero sufrió graves contusiones, puesto que el dragón, en vías de virtualización, quiso merendárselo.

Stanislaw Lem. Ciberiada.

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Crónica de una muerte anunciada

Viernes, 30 de abril de 2010

Entonces le contó. «Pero fue como si ya lo supiera -me dijo-. Fue lo mismo de siempre, que uno empieza a contarle algo, y antes de que el cuento llegue a la mitad ya ella sabe cómo termina.» Aquella mala noticia era un nudo cifrado para mi madre. A Santiago Nasar le habían puesto ese nombre por el nombre de ella, y era además su madrina de bautismo, pero también tenía un parentesco de sangre con Pura Vicario, la madre de la novia devuelta. Sin embargo, no había acabado de escuchar la noticia cuando ya se había puesto los zapatos de tacones y la mantilla de iglesia que sólo usaba para las visitas de pésame. Mi padre, que había oído todo desde la cama, apareció en pijama en el comedor y le preguntó alarmado para dónde iba.
-A prevenir a mi comadre Plácida -contestó ella-. No es justo que todo el mundo sepa que le van a matar el hijo, y que ella sea la única que no lo sabe.
-Tenernos tantos vínculos con ella como con los Vicario -dijo mi padre.
-Hay que estar siempre de parte del muerto -dijo ella.


Gabriel García Márquez. Crónica de una muerte anunciada.

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Los Reyes Magos

Jueves, 29 de abril de 2010

Las primeras representaciones de los Reyes Magos, halladas en templos del siglo III, muestran dos personajes. En catacumbas romanas del siguiente siglo aparecen dos, tres, cuatro, seis. Para las iglesias siria y armenia eran doce, como prefiguración de los apóstoles o representación de las tribus de Israel. La iglesia copta los consideraba sesenta y citaba los nombres de varios. Orígenes fija tres reyes ya a comienzos del siglo III, en consonancia con el número de dones presentados.
El texto de Mateo habla de magos; el sentido de la palabra es el de astrólogos, y sus prácticas estaban prohibidas por el Antiguo Testamento. En el siglo III el teólogo Quinto Septimio Florencio Tertuliano elude este problema afirmando que “nam et Magos reges habuit fore Oriens” (se ha sostenido que los Magos eran reyes de Oriente), al tiempo que le permite considerar retorcidamente como profecía el texto de Sal 72,10:

Los reyes de Tarsis y las islas traerán tributo. Los reyes de Sabá y de Seba pagarán impuestos.

Debido a esto empieza a desaparecer en las representaciones de los magos el gorro frigio de los sacerdotes del dios Mitra, que pasa a sustituirse por una corona. Pese a ello, aún en el siglo VI encontramos en San Apollinare Nuovo (Rávena) mosaicos donde se representan con las vestiduras persas:

Los Reyes Magos

Los Reyes Magos

En el mismo mosaico se puede leer (parte superior, de izquierda a derecha, SCS abrevia sacratissimo) “SCS BALTHASSAR SCS MELCHIOR SCS GASPAR”.
Los cristianos griegos los llamaron Apellicon, Amerim y Serakin; los sirios Kagpha, Badalilma y Badadakharida; los etiopes Ator, Sater y Paratoras… Sus nombres parecen arbitrarios y no son adoptados sino tardíamente, si no aceptamos el evangelio apócrifo de Santiago, redactado desde los siglos II a IV, que describe lo siguiente en 5, 10:

Y, al mismo tiempo, un ángel se apresuró a ir al país de los persas, para prevenir a los reyes magos, y para ordenarles que fuesen a adorar al niño recién nacido. Y ellos, después de haber sido guiados por una estrella durante nueve meses, llegaron a su destino en el punto y hora en que la Virgen acababa de ser madre. Porque, en aquella época, el reino de los persas dominaba, por su poder y por sus victorias, sobre todos los reyes que existían en los países de Oriente. Y los reyes de los magos eran tres hermanos: el primero, Melkon, que imperaba sobre los persas; el segundo, Baltasar, que prevalecía sobre los indios; y el tercero, Gaspar, que poseía el país de los árabes. Habiéndose reunido por obediencia al mandato de Dios, se presentaron en Judea en el instante en que María había dado a luz. Y, habiendo apresurado su marcha, se encontraron allí en el tiempo preciso del nacimiento de Jesús.

El las representaciones de las que se ha hablado no aparece ningún rey negro, ni la apariencia física se corresponde con las edades aproximadas que hoy se les asigna. Respecto a lo primero, Beda el Venerable hace moreno a Baltasar a comienzos del siglo VIII: “El primero de los magos fue Melchor, un anciano de larga cabellera blanca y luenga barba (…) fue él quien ofreció el oro, símbolo de la realeza divina. El segundo, llamado Gaspar, joven, imberbe, de tez blanca y rosada, honró a Jesús ofreciéndole el incienso, símbolo de la divinidad. El tercero llamado Baltasar, de tez morena”. Sólo en el siglo XVI se le hace negro completamente, a partir de una identificación de los reyes con los tres hijos de Noé, que a su vez vendrían a representar las razas pobladoras de las tres partes del mundo. Los europeos (herederos de Jafet) ofrececían al niño según esta visión oro, los semitas (Gaspar) le darían incienso de Asia, y los africanos (Cam), mirra. En el siglo XV Petrus de Natalibus había establecido que Melchor debía tener sesenta años, Gaspar cuarenta y Baltasar veinte.
La celebración de la Epifanía el 6 de enero se debe a disposición de la Iglesia en el siglo IV, fecha en la que la iglesia armenia originariamente, y aún hoy las iglesias orientales, fijan el nacimiento de Cristo.

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