Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj

Jueves, 10 de junio de 2010

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar. Historias de cronopios y de famas.

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El Hechizado

Domingo, 30 de mayo de 2010

«Su Majestad -nos dice- estaba sentado en un grandísimo sillón, sobre un estrado, y apoyaba los pies en un cojín de seda color tabaco, puesto encima de un escabel. A su lado, reposaba un perrillo blanco.» Describe -y es asombroso que en tan breve espacio pudiera apercibirse así de todo, y guardarlo en el recuerdo- desde sus piernas flacas y colgantes hasta el lacio, descolorido cabello. Nos informa de cómo el encaje de Manilas que adornaba su pecho estaba humedecido por las babas infatigables que fluían de sus labios; nos hace saber que eran de plata las hebillas de sus zapatos, que su ropa era terciopelo negro. «El rico hábito de que Su Majestad estaba vestido -escribe González- despedía un fuerte olor a orines; luego he sabido la incontinencia que le aquejaba.» Con igual simplicidad imperturbable sigue puntualizando a lo largo de tres folios todos los detalles que retuvo su increíble memoria acerca de la cámara, y del modo como estaba alhajada. Respecto de la visita misma, que debiera haber sido, precisamente, lo memorable para él, solo consigna estas palabras, con las que, por cierto, pone término a su dilatado manuscrito: «Viendo en la puerta a un desconocido, se sobresaltó el canecillo, y Su Majestad pareció inquietarse. Pero al divisar luego la cabeza de su Enana, que se me adelantaba y me precedía, recuperó su actitud de sosiego. Doña Antoñita se le acercó al oído, y le habló algunas palabras. Su Majestad quiso mostrarme benevolencia y me dio a besar la mano; pero antes de que alcanzara a tomársela saltó a ella un curioso monito que alrededor andaba jugando, y distrajo su Real atención en demanda de caricias. Entonces entendí yo la oportunidad, y me retiré en respetuoso silencio.»

Francisco Ayala.

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Un día más con vida

Jueves, 20 de mayo de 2010

Yo me encontraba en una situación un tanto embarazosa porque no sabía a dónde nos dirigíamos y no era cosa de reconocerlo. Diógenes podría pensar: ¿cómo es que no lo sabe? Entonces, ¿para qué está aquí?, ¿adónde cree que va? ¿Ha llegado hasta aquí y no sabe adónde vamos? Y, sin embargo, era cierto: yo no lo sabía. Por casualidad había dado con un avión en Benguela que me había traído a Lubango. Un mulato a quien había encontrado por casualidad en el aeropuerto de Lubango me había llevado al estado mayor. Un extraño del que no sabía más que su nombre, Nelson, y a quien había visto por primera vez en mi vida, me había metido en un camión. Y ese camión había arrancado enseguida y ahora rodaba pesadamente entre dos paredes de espinosa maleza selvática, hacia un destino que me era desconocido. Todo había sucedido tan repentina y -en cierto modo- categóricamente que no tuve tiempo de reflexionar ni de oponerme.
Íbamos de esta manera: a la izquierda, el flaco intranquilo, aferrado al volante; yo en medio, y Diógenes a la derecha, alerta y con una metralleta asomando por la ventanilla, lista para disparar. El sol estaba en el cenit, la cabina ardía como un horno alto y apestaba a petróleo y sudor. En un determinado momento, Diógenes, que no quitaba los ojos del muro de maleza que se extendía a su lado, espetó:
—No sé si el camarada sabe adónde vamos.
Respondí que no lo sabía.
—Tampoco sé -prosiguió Diógenes sin mirarme- si el camarada sabe lo que significa recorrer el camino que estamos recorriendo ahora.
Volví a responder que no lo sabía.
Diógenes guardó silencio durante un rato, porque subíamos una cuesta y el motor hacía un ruido ensordecedor. Luego dijo:
—Camarada, este camino lleva a Sudáfrica. La frontera está a cuatrocientos cincuenta kilómetros. A cuarenta kilómetros de la frontera hay una pequeña ciudad que se llama Pereira de Eça. Pero el territorio está en manos del enemigo, que se agazapa aquí por todas partes. Al destacamento de Pereira de Eça no ha llegado en el último mes ninguno de nuestros convoyes. Todos los vehículos han caído en emboscadas. Y ahora somos nosotros quienes intentamos alcanzar el destino. Tenemos por delante cuatrocientos kilómetros de camino y en cada metro podemos caer en una emboscada. ¿Ahora lo comprende, camarada?

Ryszard Kapuściński. Traducción de Agata Orzeszek.

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Los dragones de la probabilidad

Lunes, 10 de mayo de 2010

Trurl y Clapaucio eran alumnos del gran Cerebrón Emtadrata, quien durante 47 años había enseñado en la Escuela Superior de Neántica la Teoría General de Dragones. Como sabemos los dragones no existen. Esta constatación simplista es, tal vez, suficiente para una mentalidad primaria, pero no lo es para la ciencia. La Escuela Superior de Neántica no se ocupa de lo que existe; la banalidad de la existencia ha sido probada durante demasiados años para que valiera la pena dedicarle una palabra más. Así pues, el genial Cerebrón atacó el problema con métodos exactos descubriendo tres clases de dragones:los iguales a cero, los imaginarios y los negativos. Todos ellos, como antes dijimos, no existen, pero cada clase lo hace de manera completamente distinta. Los dragones imaginarios y los iguales a cero, a los que los profesionales llaman imaginontes y ceracos, no existen, pero de modo mucho menos interesantes que los negativos. Desde hace mucho tiempo se conoce en la dragonología una paradoja, consistente en el hecho de que, si se herboriza a dos negativos (operación correspondiente en el álgebra de dragones a la multiplicación en aritmética corriente), se obtiene como resultado un infradragón en la cantidad 0,6 aproximadamente. A raíz de este fenómeno, el mundillo de los especialistas se dividía en dos campos, de los cuales uno sostenía que se trataba de la parte de dragón contando desde la cabeza, y el segundo afirmaba que había que contar desde la cola. Trurl y Clapaucio tuvieron el gran mérito de esclarecer lo erróneo de ambas teorías. Fueron ellos quienes aplicaron por primera vez el cálculo de probabilidades en esta rama de la ciencia, creando, gracias a ello, la dragonología probabilística. Esta última demostró que el dragón era termodinámicamente imposible sólo en el sentido estadístico, al igual que los elfos, duendes, hadas, gnomos, etc. Los dos científicos calcularon en base a la fórmula general de la improbabilidad los coeficientes del duendismo, de la elfiación, etc. La misma fórmula demuestra que para presenciar la manifestación espontánea de un dragón, habría que esperar dieciséis quintocuatrillones de heptillones de años más o menos. No cabe duda de que el problema hubiera quedado como un simple curiosum matemático, si no fuera por la conocida pasión constructora de Trurl, quien decidió investigar la cuestión empíricamente. Y puesto que se trataba de fenómenos improbables, inventó un amplificador de la probabilidad y lo comprobó, primero en el sótano de su casa, luego en un Polígono Dragonífero especial, Dragoligón, costeado por la Academia.
Las personas no iniciadas en la teoría general de la improbabilidad preguntan hasta hoy día por qué, de hecho, Trurl probabilizó al dragón y no al elfo o al gnomo. Lo hacen por ignorancia, ya que no saben que el dragón es, sencillamente, más probable que el gnomo. Es posible que Trurl haya querido avanzar más en sus experimentos con el amplificador, pero ya en el primero sufrió graves contusiones, puesto que el dragón, en vías de virtualización, quiso merendárselo.

Stanislaw Lem. Ciberiada.

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Crónica de una muerte anunciada

Viernes, 30 de abril de 2010

Entonces le contó. «Pero fue como si ya lo supiera -me dijo-. Fue lo mismo de siempre, que uno empieza a contarle algo, y antes de que el cuento llegue a la mitad ya ella sabe cómo termina.» Aquella mala noticia era un nudo cifrado para mi madre. A Santiago Nasar le habían puesto ese nombre por el nombre de ella, y era además su madrina de bautismo, pero también tenía un parentesco de sangre con Pura Vicario, la madre de la novia devuelta. Sin embargo, no había acabado de escuchar la noticia cuando ya se había puesto los zapatos de tacones y la mantilla de iglesia que sólo usaba para las visitas de pésame. Mi padre, que había oído todo desde la cama, apareció en pijama en el comedor y le preguntó alarmado para dónde iba.
-A prevenir a mi comadre Plácida -contestó ella-. No es justo que todo el mundo sepa que le van a matar el hijo, y que ella sea la única que no lo sabe.
-Tenernos tantos vínculos con ella como con los Vicario -dijo mi padre.
-Hay que estar siempre de parte del muerto -dijo ella.


Gabriel García Márquez. Crónica de una muerte anunciada.

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