Los hombres lobo en el siglo I

Quiso la suerte que mi amo saliera hacia Capua para vender no sé qué trapos finos. Aproveché esta ocasión y convencí a un huésped que teníamos en casa para que me acompañara hasta el quinto miliario. Era, en efecto, un soldado fortachón como el Orco. Convinimos en salir sobre el canto del gallo. La luna brillaba como si fuera pleno día. Cruzamos por entre las tumbas. Mi hombre se deslizó por entre las estelas funerarias a hacer sus necesidades mientras yo le esperaba sentado canturreando y contando las estelas. Al volverme a mirar a mi compañero después de un rato, vi cómo se desnudaba y cómo dejaba sus vestidos junto al camino. Tenía el alma en un puño y me sentí morir. Meó luego alrededor de su ropa y de repente se convirtió en lobo. Que nadie crea que estoy bromeando. Yo no mentiría ni por todo el oro del mundo.
Como os iba diciendo, después de convertirse en lobo comenzó a aullar y huyó al bosque. Yo, desorientado al principio, no sabía dónde me encontraba; después me acerqué a coger sus vestidos. Pero se habían convertido en piedra. Si alguien puede morir de miedo, ése era yo. No obstante, empuñé la espada y, repitiendo “matavitata”, me abrí paso cortando las sombras a estocadas hasta llegar a la casa de campo de mi amiga.
Entré convertido en un espectro. A punto de expirar. El sudor me caía a chorros por la entrepierna y tenía la mirada lívida. Apenas si pude recuperarme. Mi Melisa quedó asombrada al verme llegar a una hora tan avanzada.
-Si hubieras venido un poco antes -me dijo-, al menos nos habrías podido echar una mano. Has de saber que un lobo entró en la finca y como carnicero ha degollado a todo el ganado. Pero, aunque escapó, no se salió del todo con la suya. Uno de nuestros criados le atravesó el cuello con una lanza.
Al oír esto ya no pude pegar ojo en toda la noche. Al amanecer tomé las de Villadiego y como “el tabernero desplumado” de la fábula me vine a casa de nuestro Gayo. Al llegar al punto donde los vestidos se había petrificado sólo pude ver una mancha de sangre. Cuando por fin pude llegar a casa, encontré a mi soldado tendido en su cama y gimiendo como un buey. Un médico le curaba el cuello. Comprendí entonces que era un hombre lobo.
Desde entonces no compartiría yo con él ni un pedazo de pan, así me mataran. Que cada uno piense lo que quiera de este asunto. En cuanto a mí, que vuestros dioses tutelares me castiguen si miento.

Petronio, Satiricón 62.

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