Archivo de la categoría ‘Obituario’

La muerte de Sam Cooke

Domingo, enero 10th, 2010

Sam Cooke fue un conocido cantante de soul. Inició su carrera en su juventud en grupos de gospel y, desde que lanzó en 1956 su primera canción pop, su éxito fue constantemente en aumento.

Bertha Franklin

Bertha Franklin

Muy de temprano, el día 11 de diciembre de 1964, moría acribillado a balazos por la dueña de un motel de baja estofa a la que supuestamente intentaba, en estado semidesnudo, atacar. Más tarde la mujer declaró que había violado previamente a una muchacha. No se quiso airear mucho el asunto, por lo que no se realizó una verdadera investigación de lo sucedido (Sam estaba casado y tenía hijos) y se resolvió todo con un veredicto de homicidio justificado. El caso está rodeado por varias dudas todavía. Es particularmente intrigante el que, con 33 años y un físico que exaltaba a las jóvenes del momento, el cantante intentase forzar a la señora cuya fotografía se adjunta. No obstante, se ha apuntado una explicación a lo sucedido que en el fondo sería muy plausible.
Se sabe que Sam Cooke acudió la noche citada al Hacienda Motel, en Los Ángeles, en compañía de Elisa Boyer, una joven de 21 años que acababa de conocer en un club. Había estado actuando en la ciudad y se había ido a festejarlo después. Se registraron como Mr. y Mrs. Cooke. Según la versión alternativa a la que me refería, la chica habría escapado un tiempo después con unos 5000 dólares que llevaba encima el cantante y, para evitar que la siguiera, su ropa. No obstante, Sam Cooke habría salido tras ella vestido con un zapato y la chaqueta hasta recepción, donde Bertha Franklin, la dueña, le disparó sin consideraciones previas tres veces con una 22 milímetros aterrada por ver en plena noche a un negro desnudo de 1’78 metros se le acercarse corriendo.

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La muerte de Isadora Duncan

Lunes, octubre 5th, 2009

El día 14 de septiembre de 1927 Isadora Duncan salió de su casa en Niza, donde llevaba años viviendo precariamente, a dar un paseo. La adornaba un pañuelo de seda china de aproximadamente 2×2 metros, costumbre conocida suya, pues gustaba llevarlos arrastrando tras ella. Tomó unas copas en un bar cercano, pues estaba esperando a su compañero Ivan Falchetto, mecánico y vendedor de coches, y entró de nuevo en casa para cambiar dicho pañuelo por otro que era ya por sí una leyenda, pues lo había lucido en varias apariciones. Bajó y montó en el Bugatti de su compañero. El asiento del pasajero en este modelo de coche está dirigido en contra de la marcha, cercano al motor. Al arrancar, el pañuelo, que se había enredado en el eje de la ruedas, estranguló a Isadora Duncan y la arrancó violentamente del asiento del descapotable. El conductor no pudo percatarse de lo ocurrido y detener el auto hasta que ya había recorrido unos 20 metros. Fue llevada urgentemente al hospital, pero la muerte debió ser instantánea. Tenía partidas la nariz, la columna vertebral y la laringe, y la carótida rasgada.

Para más información: International Forensic Research & Consulting, Wikipedia.

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La muerte de Jean Baptiste Lully

Martes, julio 14th, 2009

Jean Baptiste Lully (o Giovanni Battista Lulli, puesto que era de origen florentino) fue un compositor barroco que ostentó el cargo de surintendant en la corte de Luis XIV. Es conocido por sus óperas y ballets, por cuyas aportaciones evolucionaron estos géneros hacia un mayor dinamismo. También fijó la forma de la obertura francesa.
El 8 de enero de 1687, a sus 55 años, se encontraba en París, en el Convento de los Bernardos de la calle de Saint-Honoré, dirigiendo un te deum para celebrar la curación del rey que el compositor había pagado de su bolsillo. Entonces el compás se marcaba, en lugar de con batuta, con una pesada barra de hierro a modo de bastón que se hacía golpear contra el suelo. Uno de los golpes erró y vino a dar en su pie. La herida no se curó bien, y fue empeorando durante los días siguientes hasta el 22 de marzo de 1687, en que moría por “envenenamiento de la sangre”; es decir, gangrena.

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La muerte de Rasputín

Sábado, junio 20th, 2009

La noche del 28 al 29 de diciembre de 1916 fue la elegida por el príncipe Yusupov y un grupo de hombres para asesinar a Grigori Yefímovich, más conocido como Rasputín. Celebraron una fiesta en casa del primero, y pasado un rato, lo bajaron al sótano, donde habían preparado bebida envenenada y dulces espolvoreados con cianuro. Rasputín, que había escrito una carta al zar confesándole sus presentimientos de que iba a ser asesinado antes de terminar el año, se hizo al principio de rogar, pero finalmente no pudo resistir la tentación y devoró una cantidad de dulces y vino que hubieran matado a varias personas. Como fuera que no demostraba que el veneno le afectase, Felix Yusupov decidió, como cuenta en su autobiografía “Esplendor perdido”, cortar por lo sano:

“Gregorio Yefimovich,” dije, “sería mejor que mirase al crucifijo y rezara una oración.” Rasputín me arrojó una mirada sorprendida, casi asustada. Leí en ello una expresión que no le había conocido: era a un tiempo apacible y sumisa. Él vino muy cerca de mí y me miró directamente a la cara.Comprendí que la hora había llegado. “Oh, Señor,” recé, “dame fuerzas para rematarlo.” Rasputín se quedó ante mí inmóvil, su cabeza inclinada y sus ojos sobre el crucifijo. Lentamente levanté el crucifijo. Lentamente levanté el revólver. ¿Dónde debía apuntar, a la sien o al corazón? Un estremecimiento me recorrió; mi brazo se puso rígido, apunté a su corazón y apreté el gatillo. Rasputín dio un grito salvaje y se arqueó sobre la piel de oso. Por un momento quedé horrorizado al descubrir cuan fácil era matar a un hombre. Un movimiento rápido de un dedo y lo que había sido una vida, un hombre que respiraba sólo un segundo antes, ahora reposaba en el suelo como un muñeco roto.
Al oír el tiro mis amigos se precipitaron dentro. Rasputín se sentó sobre su trasero. Sus facciones se estiraban en espasmos nerviosos; sus manos apretadas, sus ojos cerrados. Una mancha de sangre se extendía sobre su blusa de seda. Unos minutos más tarde todo el movimiento cesó. Nos inclinamos sobre su cuerpo para examinarlo. El doctor declaró que la bala lo había golpeado en la región del corazón. No había ninguna posibilidad de duda: Rasputín estaba muerto. Apagamos la luz y fuimos hasta mi habitación, después de cerrar la puerta de sótano.
Nuestros corazones estaban llenos de esperanza, ya que estábamos convencidos de que lo que acababa de ocurrir salvaría Rusia y la dinastía de la ruina y la deshonra. Mientras hablábamos me asaltó de repente una duda vaga; un impulso irresistible me obligó a bajar al sótano. Rasputín yacía exactamente donde nosotros lo habíamos dejado. Tomé su pulso: ni un latido, estaba muerto. De repente, vi el ojo izquierdo abrirse. Unos segundos más tarde su párpado derecho comenzó a temblar, luego se abrió. Vi entonces ambos ojos -los ojos verdes de una víbora- mirándome fijamente con una expresión de odio diabólico. La sangre corrió fría por mis venas. Mis músculos se volvieron de piedra.
Entonces pasó una cosa terrible: con un violento y repentino esfuerzo Rasputín saltó sobre sus pies, espumeando por la boca. Un rugido salvaje hizo eco por las habitaciones y sus manos golpearon convulsivamente el aire. Se precipitó hacia mí, intentando hacerse con mi garganta, y hundió sus dedos en mi hombro como garras de acero. Sus ojos explotaban fuera de sus cuencas. Con un esfuerzo sobrehumano conseguí librarme de su asimiento.
“¡Rápido, rápido, bajen!”, grité. “Está todavía vivo.” Él avanzaba lentamente a gatas, arañando y rugiendo como un animal herido. Dio un salto desesperado y logró alcanzar la puerta secreta que le condujo al patio. Sabiendo que la puerta estaba cerrada, esperé en el descansillo aferrando mi porra de goma. Con horror vi que la puerta se abría y Rasputín desaparecía. Purishkevich saltó detrás de él. Dos tiros hicieron eco en la noche. Oí un tercer tiro, luego un cuarto. Y vi a Rasputín tambalearme y caer al lado de un montón de nieve.

Después ataron el cuerpo, hicieron un agujero en el hielo que cubría el río Neva, y lo echaron dentro. Por si acaso.

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La caja fuerte de Jack Daniel

Domingo, mayo 17th, 2009

En una de las páginas de las destilerías Jack Daniel’s se comentan varias actividades promocionales relacionadas con la empresa. Consisten, como no, en torneos de rodeo, en uno de los cuales, el Festival de Aficionados de la Professional Bull Riders, se organizó, entre otras actividades adicionales como lustrar botas y firmar autógrafos, un concurso para adivinar la combinación de la caja fuerte de Jack. El motivo de dicho concurso no está distante de esta pléyade de tradiciones del Oeste.
Cuando hace unos años Jimmy Bedford, el ahora maestro destilador de la compañía, visitó España, se apresuró a decir que el fundador de la licorería más antigua de los Estados Unidos no murió, en contra de lo que muchos pudieran pensar, por sus excesos. Y a pesar de que calificó su verdadero final de más prosaico, la realidad es que es mucho más original. En torno a 1906, y traduzco de http://www.tennesseehistory.com/class/JD.htm,

«Jack Daniel llegó a la oficina una mañana e intentó abrir la caja fuerte de su oficina. O bien no podía recordar la combinación o no acertaba con el dial. En un arranque de furia, pateó la caja fuerte y se rompió el dedo del pie. Daniel nunca se lo hizo atender por un doctor y una infección se estableció pronto en el dedo. La gangrena finalmente se extendió por su sistema y como resultado la enfermedad se llevó su pierna. [...] Jack Daniel sobrevivió hasta el 9 de octubre de 1911, cuando murió por complicaciones debidas a la infección gangrenosa.»

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