Mountolive
Miércoles, 18 de abril de 2012Vio una cara gorda y cuadrada, una dama egipcia de edad incierta, con el rostro gravemente picado de viruelas y los ojos deformados grotescamente por el lápiz de antimonio. Eran los ojos tristes y levantiscos de alguna torpe criatura de caricatura: una caricatura de animales vestidos con ropas que actúan como seres humanos. En realidad había sido bastante valiente al quitarse el velo, esta extraña, sentada a su lado, que le miraba con los ojos pintados que uno ve en los frescos, con una mirada abandonada y lastimosa de súplica. Ella mostraba un aire de débil audacia mientras se enfrentaba con su amante, aunque los labios le temblaban y sus grandes carrillos se agitaban a cada vibración de las gomas macizas sobre el camino. Se miraron dos segundos enteros, antes de que la oscuridad devorara otra vez la luz.
Lawrence Durrel.
Balthazar
Lunes, 16 de abril de 2012«Supongo -escribe Balthazar- que si usted decidiera incorporar ahora a su propio manuscrito sobre Justine lo que le estoy diciendo, se encontraría en presencia de un libro curioso; la historia sería narrada, por así decirlo, en estratos. ¡Sin pretenderlo, le he proporcionado una forma fuera de lo común! No está lejos de la idea de Pursewarden sobre una serie de novelas que fueran como “paneles corredizos”, así los llamaba. O quizás como un palimpsesto medieval en el cual se consignan verdades diferentes, unas sobre otras, las unas suprimiendo o quizás completando las otras. ¡Monjes industriosos que borran una elegía para intercalar un versículo de las Sagradas Escrituras!»
Lawrence Durrell.
Justine
Sábado, 14 de abril de 2012La callejuela era de una terracota cocida y perfumada, húmeda ahora por la lluvia pero no empapada. La bordeaban en toda su longitud las barracas pintarrajeadas de las prostitutas, cuyos excitantes cuerpos de mármol se exponían modestamente frente a cada casa de muñecas como delante de un altar. Se sentaban en plena calle, en trípodes como las sibilas, calzando pantuflas de colores. La originalidad de la iluminación daba al conjunto de la escena una tonalidad de fábula eterna, pues en vez de estar alumbradas desde lo alto por bombillas eléctricas, las lámparas de carburo posadas en tierra proyectaban hacia arriba un juego de ávidas y fascinantes sombras violáceas en los huecos y aleros de las casas de muñecas, en las narices y ojos de sus habitantes, en la irresistible suavidad de aquella tiniebla como de pieles. Caminé muy despacio entre esos extraordinarios capullos humanos, diciéndome que una ciudad, lo mismo que una persona, colecciona sus predisposiciones, sus apetitos y sus temores. Llega a la madurez, lanza sus profetas, y declina hacia la inanidad, la vejez, o peor aún, la soledad. Sin darse cuenta de que su ciudad natal se estaba muriendo, los vivos se sentaban ahí en mitad de la calle, como cariátides que soportaran las tinieblas, los dolores del futuro sobre sus párpados; vigías insomnes, cazadores de inmortalidad a lo largo del fatídico transcurso del tiempo.
Lawrence Durrell.
El diablo en la botella y el ahorcamiento inesperado
Lunes, 13 de junio de 2011Me ha costado encontrarlo, pero finalmente volví a dar con un curioso juego recogido por Martin Gardner. Pero quizás es conveniente hablar antes de El diablo en la botella. En el cuento de Robert Louis Stevenson su protagonista, Keawe, adquiere una botella con una peculiar maldición: guarda un demonio que concede los deseos, aunque por otro lado quien muere con ella se condena inmediatamente al infierno. El autor cuida que no sea posible eludir la vía fácil para deshacerse de esta pena: su dueño no puede evitar la muerte, no puede romperla, no puede exorcizarla… El único medio que tiene este remedo de fausto de librarse de la maldición es venderla a un menor precio, y al parecer con conocimiento de las condiciones por parte de quien la adquiere. Keawe la compra, la vende, la botella pasa de mano en mano… y al final vuelve de nuevo a él, asequible al precio imposible de mejorar de un centavo. No desvelaré más, para que el lector disfrute del relato.
Y se me ha venido a la cabeza la deliciosa paradoja de Gardner, el cual la toma a su vez de un tal Michael Scriven:
The man was sentenced on Saturday. “The hanging will take place at noon,” said the judge to the prisoner, “on one of the seven days of the next week. But you will not know which day it is until you are so informed on the morning of the day of the hanging.”
Se le sentenció en sábado. “El ahorcamiento tendrá lugar a mediodía”, dijo el juez al prisionero, “de uno de los siete días de la próxima semana. Pero no sabrás cuál hasta que se te informe la misma mañana del ahorcamiento”.
El abogado razona que no se le podría colgar el sábado siguiente (aquí recuerdo que para los anglosajones la semana comienza en domingo), porque al amanecer tendría la seguridad de que dicho día iba a morir. Descartado el sábado, el mismo razonamiento se podía hacer para el viernes. Descartado el viernes, para el jueves, y si se retrocedía día a día se podía concluir que la sentencia debía anularse por no poderse llevar a cabo.
Y pese a dicho razonamiento, y sin contradecir al juez, al jueves siguiente el condenado moría.
No voy a entrar a tratar las paradojas que surgen cuando se incluye la solución a un razonamiento dentro de un razonamiento, o la de una demostración en una demostración. ¡Esto es mentar a Gödel, caramba! Sólo quería aplicarla a la botella con el diablo. Si Keawe hubiese estado en su sano juicio, no la hubiese comprado por un centavo de manos del joven haole. Eso implica que el joven no la podría vender, y no debiera haberla comprado por dos centavos. Y así se puede seguir la senda del mismo razonamiento hasta llegar al primer encuentro de Keawe con la botella. Si lo hubiese meditado un poco, sabría que le iba a ser del todo imposible venderla por menos de cincuenta dólares. ¿O no?

