Lunes, 13 de junio de 2011
Me ha costado encontrarlo, pero finalmente volví a dar con un curioso juego recogido por Martin Gardner. Pero quizás es conveniente hablar antes de El diablo en la botella. En el cuento de Robert Louis Stevenson su protagonista, Keawe, adquiere una botella con una peculiar maldición: guarda un demonio que concede los deseos, aunque por otro lado quien muere con ella se condena inmediatamente al infierno. El autor cuida que no sea posible eludir la vía fácil para deshacerse de esta pena: su dueño no puede evitar la muerte, no puede romperla, no puede exorcizarla… El único medio que tiene este remedo de fausto de librarse de la maldición es venderla a un menor precio, y al parecer con conocimiento de las condiciones por parte de quien la adquiere. Keawe la compra, la vende, la botella pasa de mano en mano… y al final vuelve de nuevo a él, asequible al precio imposible de mejorar de un centavo. No desvelaré más, para que el lector disfrute del relato.
Y se me ha venido a la cabeza la deliciosa paradoja de Gardner, el cual la toma a su vez de un tal Michael Scriven:
The man was sentenced on Saturday. “The hanging will take place at noon,” said the judge to the prisoner, “on one of the seven days of the next week. But you will not know which day it is until you are so informed on the morning of the day of the hanging.”
Se le sentenció en sábado. “El ahorcamiento tendrá lugar a mediodía”, dijo el juez al prisionero, “de uno de los siete días de la próxima semana. Pero no sabrás cuál hasta que se te informe la misma mañana del ahorcamiento”.
El abogado razona que no se le podría colgar el sábado siguiente (aquí recuerdo que para los anglosajones la semana comienza en domingo), porque al amanecer tendría la seguridad de que dicho día iba a morir. Descartado el sábado, el mismo razonamiento se podía hacer para el viernes. Descartado el viernes, para el jueves, y si se retrocedía día a día se podía concluir que la sentencia debía anularse por no poderse llevar a cabo.
Y pese a dicho razonamiento, y sin contradecir al juez, al jueves siguiente el condenado moría.
No voy a entrar a tratar las paradojas que surgen cuando se incluye la solución a un razonamiento dentro de un razonamiento, o la de una demostración en una demostración. ¡Esto es mentar a Gödel, caramba! Sólo quería aplicarla a la botella con el diablo. Si Keawe hubiese estado en su sano juicio, no la hubiese comprado por un centavo de manos del joven haole. Eso implica que el joven no la podría vender, y no debiera haberla comprado por dos centavos. Y así se puede seguir la senda del mismo razonamiento hasta llegar al primer encuentro de Keawe con la botella. Si lo hubiese meditado un poco, sabría que le iba a ser del todo imposible venderla por menos de cincuenta dólares. ¿O no?
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Sábado, 4 de septiembre de 2010
Seguir la pista a la etimología de un término en ocasiones nos hace pasear por rutas asombrosas. En esta entrada quiero sondear una palabra española, pero al hacerlo voy a seguir la senda en el sentido contrario al usual; esto es, desde lo antiguo a lo nuevo, del latín al castellano moderno. Empezaremos con la palabra latina pix (aparece en época tardía), con acusativo picem. Su sentido es el de alquitrán. De ella deriva nuestra pez, en su sentido de sustancia viscosa, o excremento (no en el de animal, que procede de piscis). También, a través de picare, ha dado lugar a pegar. En romance derivó en pixín, en mozárabe se usó péčín, y el árabe la convirtió en alpičín (de donde procede alpechín).
Pero nos vamos a centrar en otro derivado similar: pecina, que se aplica al cieno que se forma en las aguas con materia en descomposición. En 1775 nacía en la localidad vallisoletana de Castrillo del Duero el personaje a quien alude el título de la entrada, Juan Martín Díez. Junto al pueblo pasa el arroyo Botijas, que acumulaba en su fondo gran cantidad de pecina verde, hasta el punto de dar el sobrenombre de empecinados a sus habitantes. Cuando Juan Martín cobró renombre a resultas de su fiera resistencia a las tropas napoleónicas, se lo apodó “el Empecinado”. Hasta tal punto ganó fama su lucha junto a Wellington que hoy en día se usa dicho adjetivo, empecinado, para indicar obstinación, y el verbo empecinarse alude a encapricharse testarudamente con algo.
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Lunes, 30 de agosto de 2010
El pozo rebosaba de luz brillante. Era como una inundación de luz. Ante esa claridad sofocante apenas pude respirar. La oscuridad y el frío fueron desterrados en un instante y los cálidos rayos del sol abrazaron dulcemente mi cuerpo desnudo. Incluso el dolor parecía haber sido bendecido por la luz. A mi lado estaban los huesos del pequeño animal. La luz del sol también iluminó cálidamente aquellos huesos blancos. Con aquel fulgor, incluso aquellos huesos funestos se convirtieron en un afable compañero. Pude ver la pared de piedra que me rodeaba. Bañado por aquel resplandor me olvidé incluso del pánico, el sufrimiento y la desesperación.
Haruki Murakami.
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Viernes, 20 de agosto de 2010
Desde los catorce años había guardado todos los regalos de cumpleaños que le habían hecho: aún envueltos, pulcramente ordenados cronológicamente en estantes. De adulta, celebraba cada año una cena de cumpleaños en su honor, a la cual invitaba siempre a tantas personas como años cumplía. Algunas semanas se permitía hacer lo que ella llamaba «la dieta cromática», limitándose a alimentos de un solo color cada día. Lunes, naranja: zanahorias, melones cantalupo, camarones cocidos. Martes, rojo: tomates, caquis, steak tartare. Miércoles, blanco: lenguado, patatas, requesón. Jueves, verde: pepinos, brécol, espinacas. Y así sucesivamente hasta llegar a la última comida del domingo. Otras veces hacía divisiones semejantes basadas en las letras del alfabeto. Pasaba días enteros bajos el hechizo de la b o la c o la w, y luego, tan repentinamente como había empezado, abandonaba el juego y pasaba a otra cosa.
Paul Auster.
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Martes, 10 de agosto de 2010
Al mundo lo amenazan tres plagas, tres pestes.
La primera es la plaga del nacionalismo.
La segunda es la plaga del racismo.
La tercera es la plaga del fundamentalismo religioso.
Las tres tienen un mismo rasgo, un denominador común: la irracionalidad, una irracionalidad agresiva, todopoderosa, total. No hay manera de llegar a una mente tocada por cualquiera de estas plagas. En una cabeza así constantemente arde una santa pira en espera de víctimas. Todo intento de entablar una conversación serena está condenado al fracaso. Aquí no se trata de una conversación sino de una declaración. Que asientas a lo que él dice, que le concedas la razón, que firmes tu adhesión. Si no lo haces, ante sus ojos no tienes ninguna importancia, no existes, pues sólo cuentas como un instrumento, como un arma. No existen las personas, existe la causa.
Una mente tocada por semejante peste es una mente cerrada, unidimensional, monotemática y sólo gira en torno de un único tema: el enemigo. Pensar sobre el enemigo nos alimenta, nos permite existir. Por eso el enemigo siempre está presente, nunca nos abandona.
Ryszard Kapuściński.
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