La muerte de Sherwood Anderson

Lunes, 8 de Marzo de 2010

Sherwood Anderson fue un escritor norteamericano de cierta popularidad en los años 20 y 30 del siglo XX. Murió el 8 de marzo de 1941, cuando contaba con 64 años, durante un viaje de visita a Panamá. Había estado en una fiesta de cocktail en Colon, en el Canal, donde decidió picar un entremés, con tan mala fortuna que no se percató de que lo estaba tomando sin quitarle el mondadientes. A causa de esto sufrió una peritonitis que le llevó a la muerte.

Abel et Caïn

Lunes, 1 de Marzo de 2010

Race d’Abel, dors, bois et mange;
Dieu te sourit complaisamment.

Race de Caïn, dans la fange
Rampe et meurs misérablement.

Race d’Abel, ton sacrifice
Flatte le nez du Séraphin!

Race de Caïn, ton supplice
Aura-t-il jamais une fin?

Race d’Abel, vois tes semailles
Et ton bétail venir à bien;

Race de Caïn, tes entrailles
Hurlent la faim comme un vieux chien.

Race d’Abel, chauffe ton ventre
À ton foyer patriarcal;

Race de Caïn, dans ton antre
Tremble de froid, pauvre chacal!

Race d’Abel, aime et pullule!
Ton or fait aussi des petits.

Race de Caïn, coeur qui brûle,
Prends garde à ces grands appétits.

Race d’Abel, tu croîs et broutes
Comme les punaises des bois!

Race de Caïn, sur les routes
Traîne ta famille aux abois.

II

Ah! race d’Abel, ta charogne
Engraissera le sol fumant!

Race de Caïn, ta besogne
N’est pas faite suffisamment;

Race d’Abel, voici ta honte:
Le fer est vaincu par l’épieu!

Race de Caïn, au ciel monte,
Et sur la terre jette Dieu!

Raza de Abel, tú come y duerme;
Dios te sonríe complaciente.

Raza de Caín, en el fango
cae y muere míseramente.

Raza de Abel, tu sacrificio
¡es aroma de serafín!

Raza de Caín, tu suplicio
¿podrá tener un día su fin?

Raza de Abel, mira tus siembras
y tus rebaños prosperar.

Raza de Caín, oigo que el hambre
igual a un perro te hace aullar.

Raza de Abel, patriarcalmente
conforta el vientre junto al lar.

¡Raza de Caín, en tu negro antro
tiembla de frío, pobre chacal!

¡Raza de Abel, ama y pulula!
También el oro sabe engendrar.

Raza de Caín, corazón ardiente,
guárdate bien de desear.

¡Raza de Abel, creces y engordas
como las chinches en la madera!

Raza de Caín, por los caminos
¡se arrastra tu familia entera!

II

¡Raza de Abel, con tu carroña
has de abonar el suelo humeante!

Raza de Caín, tus ajetreos
todavía no fueron bastante.

Raza de Abel, he aquí tu oprobio:
el hierro al hierro gana la guerra.

Raza de Caín, sube hasta el cielo
¡y arroja a Dios sobre la tierra!

Charles Baudelaire. Traducción de Ángel Lázaro.

Los hombres lobo en el siglo I

Quiso la suerte que mi amo saliera hacia Capua para vender no sé qué trapos finos. Aproveché esta ocasión y convencí a un huésped que teníamos en casa para que me acompañara hasta el quinto miliario. Era, en efecto, un soldado fortachón como el Orco. Convinimos en salir sobre el canto del gallo. La luna brillaba como si fuera pleno día. Cruzamos por entre las tumbas. Mi hombre se deslizó por entre las estelas funerarias a hacer sus necesidades mientras yo le esperaba sentado canturreando y contando las estelas. Al volverme a mirar a mi compañero después de un rato, vi cómo se desnudaba y cómo dejaba sus vestidos junto al camino. Tenía el alma en un puño y me sentí morir. Meó luego alrededor de su ropa y de repente se convirtió en lobo. Que nadie crea que estoy bromeando. Yo no mentiría ni por todo el oro del mundo.
Como os iba diciendo, después de convertirse en lobo comenzó a aullar y huyó al bosque. Yo, desorientado al principio, no sabía dónde me encontraba; después me acerqué a coger sus vestidos. Pero se habían convertido en piedra. Si alguien puede morir de miedo, ése era yo. No obstante, empuñé la espada y, repitiendo “matavitata”, me abrí paso cortando las sombras a estocadas hasta llegar a la casa de campo de mi amiga.
Entré convertido en un espectro. A punto de expirar. El sudor me caía a chorros por la entrepierna y tenía la mirada lívida. Apenas si pude recuperarme. Mi Melisa quedó asombrada al verme llegar a una hora tan avanzada.
-Si hubieras venido un poco antes -me dijo-, al menos nos habrías podido echar una mano. Has de saber que un lobo entró en la finca y como carnicero ha degollado a todo el ganado. Pero, aunque escapó, no se salió del todo con la suya. Uno de nuestros criados le atravesó el cuello con una lanza.
Al oír esto ya no pude pegar ojo en toda la noche. Al amanecer tomé las de Villadiego y como “el tabernero desplumado” de la fábula me vine a casa de nuestro Gayo. Al llegar al punto donde los vestidos se había petrificado sólo pude ver una mancha de sangre. Cuando por fin pude llegar a casa, encontré a mi soldado tendido en su cama y gimiendo como un buey. Un médico le curaba el cuello. Comprendí entonces que era un hombre lobo.
Desde entonces no compartiría yo con él ni un pedazo de pan, así me mataran. Que cada uno piense lo que quiera de este asunto. En cuanto a mí, que vuestros dioses tutelares me castiguen si miento.

Petronio, Satiricón 62.

La muerte de Claude François

Lunes, 22 de Febrero de 2010

Claude François, el autor de “Comme d’habitude”, decidió la tarde (a eso de las tres) del día 11 de marzo de 1978 tomarse un baño en su apartamento en el número 46 de Boulevard Exelmans. Había llegado hacía poco de Suiza, donde había realizado un programa especial de televisión e iba a salir camino de otra grabación. En el piso vivían con él una novia africana llamada Kathleen y su secretaria francesa. Una vez hubo terminado de ducharse se dio cuenta de que estaba fundida una bombilla situada sobre la bañera. Decidió quitarla y, sin sacar siquiera los pies del agua, la alcanzó. Se electrocutó y falleció al instante.

Chez la fleuriste

Sábado, 20 de Febrero de 2010

Un homme entre chez la fleuriste
et choisit des fleurs
la fleuriste enveloppe les fleurs
l’homme met la main à sa poche
pour chercher l’argent
l’argent pour payer les fleurs
mais il met en même temps
subitement
la main sur son coeur
et il tombe

En même temps qu’il tombe
l’argent roule à terre
et puis les fleurs tombent
en même temps que l’homme
en même temps que l’argent
et la fleuriste reste là
avec l’argent qui roule
avec les fleurs qui s’abîment
avec l’homme qui meurt
évidemment tout cela est triste
et il faut qu’elle fasse quelque chose
la fleuriste
mais elle ne sait pas comment s’y prendre
elle ne sait pas
par quel bout commencer

Il y a tant de choses à faire
avec cet homme qui meurt
ces fleurs qui s’abîment
et cet argent
cet argent qui roule
qui n’arrête pas de rouler.

Un hombre entra en la floristería / y escoge flores / la florista envuelve las flores / el hombre se lleva la mano al bolsillo / para buscar dinero / dinero para pagar las flores / pero se lleva a la vez / súbitamente / la mano al corazón / y cae
A la vez que cae / el dinero rueda al suelo / y después las flores caen / a la vez que el hombre / a la vez que el dinero / y la florista se queda ahí / con el dinero que rueda / con las flores que se echan a perder / con el hombre que muere / evidentemente todo eso es triste /y hace falta que haga algo / la florista / pero no sabe qué hacer / no sabe por qué extremo comenzar
Hay tantas cosas que hacer / con un hombre que muere / esas flores que se echan a perder / y ese dinero / ese dinero que rueda / que no para de rodar.

Jacques Prévert.

La muerte de Enrique Granados

Martes, 2 de Febrero de 2010

Sufría fobia hacia el agua, lo que hizo que no se atreviera a cruzar el Atlántico hasta la presentación en Nueva York de su ópera Goyescas. A su vuelta a Barcelona, tras hacer escala en Londres, el vapor en el que viajaba, el Sussex, fue torpedeado por un submarino alemán en el Canal de la Mancha, entre Folkestone y Dieppe. Era la tarde del 24 de marzo de 1916 y el incidente tuvo repercusión en la Primera Guerra Mundial. Granados, puesto ya fuera de peligro en un bote salvavidas, vio a su esposa Amparo caer al mar y, decidio a socorrerla, se lanzó él también. Desgraciadamente, el compositor no sabía nadar, por lo que los dos perecieron entre las aguas.

Neutral Tones

Lunes, 1 de Febrero de 2010

We stood by a pond that winter day,
And the sun was white, as though chidden of God,
And a few leaves lay on the starving sod,
—They had fallen from an ash, and were gray.

Your eyes on me were as eyes that rove
Over tedious riddles solved years ago;
And some words played between us to and fro—
On which lost the more by our love.

The smile on your mouth was the deadest thing
Alive enough to have strength to die;
And a grin of bitterness swept thereby
Like an ominous bird a-wing….

Since then, keen lessons that love deceives,
And wrings with wrong, have shaped to me
Your face, and the God-curst sun, and a tree,
And a pond edged with grayish leaves.

Estábamos junto a un estanque aquel día de invierno, y el sol era blanco, se diría que reprendido por Dios, y unas pocas hojas yacían en la hierba famélica —habían caído de un fresno, y eran grises. Tus ojos en mí eran como ojos que vagan sobre tediosos enigmas años atrás resueltos; y algunas palabras jugaban entre nosotros de ida y vuelta—, en la que se perdió la mayor parte de nuestro amor. La sonrisa de tu boca era la cosa más moribunda con vida suficiente para tener fuerzas para morir; y una mueca de amargura la barrió por tanto como un pájaro ominoso de sobrecogedora ala… Desde entonces, las profundas lecciones que el amor falsea, y retuerce con equívocos, me han modelado tu cara, y el sol maldecido por Dios, y un árbol, y un estanque bordeado con hojas grisáceas.

Thomas Hardy.

Las casas encantadas en el siglo I

Domingo, 31 de Enero de 2010

Había en Atenas una casa grande y espaciosa, pero asquerosa y maloliente. En el silencio de la noche se producían sonidos de hierros y, si te ponías a escuchar, un ruido de cadenas a lo lejos al principio, luego más cerca; después aparecía un espectro, un viejo consumido por la miseria y el desaseo, con barba larga y cabello erizado; llevaba ataduras en las patas, cadenas en las manos y las sacudía. Los que vivían dentro pasaban las noches en vela por el miedo; a la vigilia seguía la enfermedad y la muerte si aumentaba el temor. También de día, aunque el fantasma había desaparecido, el recuerdo del fantasma vagaba delante de los ojos y el temor era más grande que las causas del temor. Así que la casa había sido abandonada y dejada a aquel monstruo; sin embargo se puso a la venta, por si alguien quería comprarla o si desconocedor de tamaña desgracia quería alquilarla.
Vino a Atenas el filósofo Artemidoro, lee el cartel y oído el precio, dado que la baratura le parecía sospechosa, indagando todo se entera y decide alquilarla con mayor motivo. Cuando empezó a anochecer, ordena que se le tienda el lecho en la primera parte de la casa, pide tablillas, punzón y vela; manda para el interior a todos los suyos, él mismo se dispone a escribir, para que la mente desocupada no invente ruidos de fantasmas y miedos sin base real. Al principio, como en todas partes el silencio de la noche, luego un entrechocar de hierros y un moverse de cadenas: aquél no levantaba los ojos, no soltaba el punzón, más bien cobraba ánimos y ponía tiesas las orejas. Entonces el estruendo aumentaba, se acercaba y ya se oía como en el umbral, ya como dentro del umbral. Se da la vuelta para mirar y reconoce a la figura que le habían descrito. Estaba de pie y le hacía señas parecidas a un dedo que te llama; éste por su parte le indica con la mano que espere un poco y otra vez se sumerge en el punzón y en las ceras. Aquella figura hacía resonar las cadenas en la cabeza del escritor; se vuelve a mirar otra vez al que le hacía señas igual que antes y sin esperar más coge la vela y le sigue. Iba la figura con paso lento como cargado de cadenas, después que dobló hacia el cuerpo principal de la casa, desvanecida de repente, abandona a su compañero. Él solo pone hierbas y hojarasca en el lugar. Al día siguiente acude al magistrado, le avisa que mande remover el sitio marcado. Encuentra huesos enredados con las cadenas, que había dejado sueltas y roídas por el roce de las ligaduras, el cuerpo putrefacto por el paso del tiempo; reunido todo ello se entierra oficialmente. La casa por fin se liberó con el rito religioso de los manes escondidos.

Plinio el Joven, Cartas VII 27.

S’i’ fosse foco, arderei’l mondo

Martes, 26 de Enero de 2010

S’i’ fosse foco, arderei’l mondo;
s’i’ fosse vento, lo tempesterei;
s’i’ fosse acqua, i’ l’annegherei;
s’i’ fosse Dio, mandereil’en profondo;

s’i’ fosse papa, sare’allor giocondo,
che tutti’i cristiani imbrigherei;
s’i’ fosse ’mperator, sa’ che farei?:
a tutti mozzarei lo capo a tondo.

S’i’ fosse morte, andarei da mio padre;
s’i’ fosse vita, fuggirei da lui:
similemente farìa da mi’ madre.

S’i’ fosse Cecco, com’i’ sono e fui,
torrei le donne giovani e leggiadre:
e vecchie e laide lasserei altrui.

Si yo fuese fuego, incendiaría el mundo; si yo fuese viento, lo azotaría; si yo fuese agua, lo anegaría; si yo fuese Dios, lo hundiría; si yo fuese papa, sería sólo entonces jovial cuando a todos los cristianos pusiese en enredos; si yo fuese emperador, ¿sabes qué haría?: a todos les cercenaría en redondo la cabeza. Si yo fuese Muerte, iría hacia mi padre; si yo fuese Vida, huiría de él: lo mismo haría con mi madre. Si yo fuese Cecco, como soy y fui, retendría las mujeres jóvenes y hermosas; y viejas y fieras las dejaría a los demás.

Cecco Angiolieri. Traducción de Gherardo Marone.

La muerte de Francis Bacon

Miércoles, 13 de Enero de 2010

Cuando contaba con 65 años de edad, Francis Bacon decidió investigar en Londres los efectos del frío en la descomposición de los alimentos. Era marzo de 1626, y aprovechó las condiciones meteorológicas para salir por nieve con la que rellenar un pollo. Demasiado enfermo para volver a casa, paró en casa del conde Arundel, no presente en esos momentos. Se le puso en una cama que, pese a ser calentada con una sartén, era húmeda, razón por la cual no había sido usada durante un año. Tras esto desarrolló una neumonía, y murió el 9 de abril. Dejó la siguiente nota para lord Arundel:

Mi muy buen Señor, me hubiera gustado haber tenido la fortuna de Cayo Plinio el viejo, que perdió su vida intentando un experimento sobre el ardor del monte Vesubio. Así, yo estaba también deseoso de intentar una experimencio o dos, relativas a la conservación de los cuerpos. Respecto al experimento en sí, resultó excelentemente; pero en el viaje entre Londres y Highgate sentí una gran incomodidad, no sé si debido a la piedra, o algún exceso, o al frío, o incluso a una combinación de los tres. Cuando llegué a la casa de su señorío, no era cabaz de volver, y por tanto me fue forzado establecer alojamiento aquí, donde su amo de llaves está siendo muy cuidadoso y diligente conmigo, lo que me convence de que su Señoría no sólo lo indultará, sino que le dará lo mejor. Es más, me ha sido feliz la estancia en la casa de su Señoría, beso sus nobles manos por la bienvenida que estoy seguro me daría. Me parece inadecuado escribir con una mano que no sea la mía, pero a mi pesar mis dedos están tan desarticulados por la enfermedad que no puedo a renglón seguido sostener una pluma.